domingo, 4 de mayo de 2014

Conexión en directo I



            Era un día más, un pueblo más. En el pabellón municipal, escenario principal del evento, se había congregado más de la mitad (de la peor mitad) de la población. Suponía que lo harían en el pabellón para que la mediocridad política que administraba la parroquia se diese pisto faraónico con la obra pública. Allí estaba también el pleno municipal al completo. Aunque bueno, mejor sería decir al “completa” ya que la vaginocracia más ramplona había también alcanzado al lugar y, tanto la alcaldesa como las concejalas, eran mujeres emponderadas, emancipadas, realizadas, superautoestimadas y orgullosísimas de haberse conocido. Tampoco esto era una novedad, en la mayoría de parajes a los que le había llevado el trabajo las mujeres (mujeres rurales monstruosas, autoritarias, dominantes, sin autocontrol ni autocensura) eran las que llevaban la voz cantante. En las zonas rulares de la región (su ámbito laboral) los hombres eran animalizados aperos de labranza y quienes llevaban los “heroicos” (heroicos teniendo en cuenta que todos, hombres y mujeres, seguían sumidos en el vertedero existencial de la derrota, la pobreza y la incultura –y orgullosos de ello, faltaría más- a pesar de la grandeza de gestión femenina y la enraizada esencia del matriarcado) las mujeres, mucho más desde que oficialmente se fomentaba esa conducta y que su “lobby” radical estaba institucionalmente patrocinado por agentes de igualdad, oficinas autonómicas, observatorios de… Era el alma de la España profunda, la misma idiosincrasia que ha parido los crímenes jugosos y aberrantes de pole position en nuestra memoria negra, la misma subcultura de la miseria humana y el atraso que hace cincuenta años (con la excusa de la posguerra para entonces) o cien (con la del dolor unamuniano, aunque esto, más que una excusa, sea una explicación) o ciento cincuenta (con cualquier otra…). Era la esencia de esa parte cancerosa que nos mata a todos, que hace que, a aquellos con un punto de amor propio y de vergüenza torera, les sea imposible replicar a un europeo (ante un cuadro como el que el pabellón contenía) el estereotipo de atrasados que nos cuelgan. En el fondo es verdad, y en la forma. El problema es que esa parte crece y se multiplica desplazando a la válida, la trabajadora, la que se esfuerza. Lo dicho, era una foto (una radiografía) de lo que nos está matando. Ella había visto muchas de esas. Tantas que ya no le afectaban. De momento caminaba al pabellón, dónde ya estaría el cámara haciendo sus cosas. La acompañaban la redactora y una vieja que se le había colgado del brazo desde la primera toma. La vieja lucía toda la vergüenza ajena del mundo piropeándola con las mismas frases de todas las viejas dementes y atrevidas (aquellas que se cuelgan de los brazos de las presentadoras de televisión autonómica a la voz de “guapa, que eres más guapa aquí que en la tele” y “¿Esto cuando lo echan?”), indiscriminadas, de cada tarde (hoy aquí, mañana allí, pero fotocopiadas). Algún día quizás se le fuese la olla y mandase a la vieja a tomar por el culo, pero ese día no. Resignación, que para eso era un trabajo. Y en el mantra que se ha generado en esta nación de un tiempo a esta parte sobre la alegría de comer mierda: había que dar gracias.

            Dentro del pabellón la alcaldesa estaba de mala hostia. Habían grabado el primer corte (lavando la cabeza de una maruja desequilibrada en la peluquería cochambrosa de pueblo) sin avisarla ni de que habían llegado y eso la había rebotado. Joder, es que no era normal no rendir la pernada democrática y el homenaje al señor (en este caso señora). La presentadora pensó que si estaba mosca, se tomase una tila (o un chute de jaco, o una polla de negro – cosas que, a cada cual más, saltaba a la vista que venía necesitando-). A ella sus conciudadanos la molestaban (desde la mencionada vieja a la cuadrilla de gañanes satíricos que la dijeron sus frases encantadoras –otra vez la gordura y la tele- babosos como animales en el portón del pabellón. Se decía “cada palo, bonita, aguanta su vela. Y si te pica, ¡Te rascas!”. Por fuera, le reía las gracias y hacía parabienes a quienes, en esencia, eran su público.

domingo, 27 de abril de 2014

El consolador al que se le averió el GPS y acabó dentro de un bacalao II



¿Con qué autoridad puedo amedrentarle lo suficiente para que no me dé por el culo en mi trabajo? Joder, que es de dos dedos de frente, de comportamiento humano básico: en una biblioteca se esta quieto y en silencio. En otras circunstancias (principalmente, si el garito fuese mío) me lo tomaría con mayor responsabilidad y el anormal descubriría el horror de que los desconocidos, en esta perra vida, rara vez te ríen las gracias ni te consienten pavadas. Pero es que estoy aquí de paso, como el que dice, y la falta de perspectiva (en ningún sentido, vital, salarial, de futuro…) mueve a la desmotivación absoluta, y esta, a la apatía y al que pasen los días de cualquier manera (ese marasmo tan patrio y administrativo). ¡A tomar por el culo con todo! Yo intento seguir a lo mío, cada vez más crispado pero a mi puta bola. Los odio, y a la gente en general, lo suficiente como para no tentar situaciones en las que me cueste un huevo echar el freno. ¡Qué disgusto más tonto! ¡Por Dios! Y por tan poco beneficio.

Pero el gilipollas, contagiándoselo a sus amigitos, no para. Ahora han descubierto una página en la que introduces dos nombres (que ellos utilizan en combinaciones de sus conocidos para guasa) y, tras un “sesudo” cálculo, el sistema te dice en porcentajes la afinidad de ambos. Eso, que puede parecer estúpido y una manera más, de entre todas las genialidades, de desperdiciar un servicio público (la última reparación de los ordenadores de la biblioteca salió a más de cuarenta lereles cada…), es para ellos la invención de la pólvora. Chillan, saltan y patalean. Celebran a berridos cada emparejamiento infantil absurdo que sus mentes retrasadas imaginan y se putean los unos a los otros elucubrando acoplamientos aberrantes entre adolescentes feos, gordos, tarados… ¡Ale, ya me tocaron los cojones! Bueno está lo bueno pero a mi no me pagan (lo poco que lo hacen) para aguantar mandangas y llevar una guardería. Que los soporte su puta madre (la de cada uno o la gran puta madre universal). Como no puedo de mejor manera, apago el ruter de la biblioteca, para dejarlos a oscuras en su imprescindible y útil uso de Internet. Y como no hay botón que me permita desconectar unos y mantener el mío, me jodo, bailo y también me desconecto. Un pequeño sacrificio mientras cruzo los dedos para que se disuelvan de una puta vez.

A los cinco minutos el idiota cabecilla, el imbécil “What the fuck?”, empleando todo su “encantador desparpajo” se arrima a mi escritorio a informarme de que la línea está muerta. Tuerce el hocico cuando le respondo que evidentemente, que la he matado yo porque estoy hasta la minga de tenerle que decir como comportarse en una puta biblioteca. No me rechista, todo un alivio para no terminar la función jiñándome en toda su parentela difunta. Al instante han desalojado y puedo enchufar otra vez el ruter. Por fin puedo continuar con lo mío en paz: leer en un periódico digital de noticias chorras y escabrosas el artículo de un pescador noruego que se ha encontrado un consolador dentro de un bacalao. Y me recreo tanto en la chuminada que la comparto en mis redes sociales.

domingo, 20 de abril de 2014

El consolador al que se le averió el GPS y acabó dentro de un bacalao I



         El jodido subnormal es un charneguito, bueno, un charneguito no, un maketo (digo yo que habrá sus diferencias, aunque no muchas…). Es repelente, pequeñito, gordo, tetudo, con la cabeza minúscula; en resumen, un cielo de niño. Joder, a sus alturas del cuento, este debe andar ya en algún instituto (y, por mucho pisto que se crean dar vistiendo las camisetas oficiales de equipos de fútbol regionales, esos periféricos de media tabla, deduzco que será algún antro público del barrio de basura blanca dónde vivirá con sus padres y una buena remesa de emigrantes –emigrantes a los que odiarán, clasistas, porque se imaginan superiores a ellos). Cómo han cambiado los tiempos. A este pollo (que no le falta nada, hasta ligero ramalazo) en mi internado de curas (el ambiente más talegario en el que jamás he vivido) le hubiese caído la del pulpo. Ahora es que son más soft y los críos se traumatizan con nada. En el fondo es mejor, así el día de mañana los míos (que también traemos los nuestro respecto a pedrada) no tendremos que competir siquiera con su generación de gilipollas.

Creo que lo que más me crispa, por encima de los prejuicios en legítima defensa que los de su subespecie de homínidos me produce, es que el anormal no hace otra cosa que meter coletillas en inglés a voces. Debe ser la vez número treinta o cuarenta que le escucho chillar, con su voz de puta grimosa, “What’s the fuck?” como si fuese una “nigger” de Detroit en la pelu. De verdad que me dan ganas de muchas cosas: de responderle en inglés (a pesar de que crea que en el pueblo todos somos catetos de albarda, traemos por regla general los motores mejor ajustados dentro del cráneo y algunos hasta, ojo, hablamos inglés y tenemos estudios. Los tenemos porque no nos queda otra para intentar escapar del pueblo, un motivo tan bueno como cualquier otro para culturizarse) que no sea tan borderline y que no presuma de cosmopolita, que su abuela tiene mote en el pueblo y se marchó en los sesenta a currar de lo que era, una acémila, a las ciudades de moda en la época. Eso o ponerme menos retórico y estamparle dos buenas hostias a mano abierta, una a cada lado de la cara, utilizando todo el impulso de la cadera (como mandan los cánones pugilísticos de las buenas hostias). Joder, si le metiese una buena guaya estaría haciendo algo objetivamente bueno, altruista (hasta para el mocoso, una lección vital utilísima que antaño impartían los sargentos chusqueros). El problema es que, en lugar de una medalla de la diputación por el gesto altruista, lo que me comería es un marrón cojonudo si se me ocurriera, siquiera, abroncar al aborto con malos modos. Es la ley, soy el que cuida la biblioteca, es mi curre y el crío un usuario, debo atenerme a unas normas. Por el básico interprofesional no me nombraré sheriff y redimiré al planeta de su negro futuro de retraso mental. Para eso está la ONU ¿No?