domingo, 9 de diciembre de 2012

El curso de limpieza (selección) II



            El día de la entrevista llega y toca otro madrugón más. Por lo que pueda pasar Aurelio Memelo se lava la cara, se afeita, se echa desodorante, after shave y una colonia de caballero rancia que huele como el traje con el que se entierra un anciano centenario  de los que no se descomponen, se amojaman. Muy limpio y repeinado marcha para allá. Llega, por dar buena impresión y si se puede acabar antes, con una protocolaria media hora de anticipo. Sigue torrada, dormida, se le acumula el cansancio del trasnochar y, aunque cada vez le queden menos partidos por jugar en las botas, se agarra al césped con pasión, con desesperación. Y como la vida ya la ha toreado bastante sabe que de esto, de lo del cursillo de limpieza aunque la seleccionen, lo completen, le den el diploma y los euros; nadie la contratará después. Pero mientras tanto lo que se rasque va por delante. Como hemos dicho llega pronto. Contempla con regocijo y fe el lugar.

            El edificio es un colegio de primaria abandonado. Los carteles de las paredes, algún calendario aún colgado, la foto del rey y los libros de texto viejos por aquí y por allá, entre el polvo y el desorden, indicarían a un memoriado fotográficamente e inductivo que ningún chiquillo pisa por allá desde los noventa (dichos chiquillos ya habrán entrado en quintas, salido y algunos hasta puede que sean abuelos). ¿Dónde estaba Horrora Butrón a mediados de los noventa? No se acuerda. No pasó mucho, igual que ahora, encadenando un día detrás de otro sin plan si aspiración. Volvemos al lugar. En la puerta no hay nadie recibiendo, ni vigilando que se cuele nadie. Deben estar pensando reconvertir el lugar para servicios públicos y atención al ciudadano. El solar sería bueno para uno de esos trucos y pelotazos que ya no se llevan, antes si, y dar un pellizquito. Está muy guarro y descuidado. Aurelio Memelo pasa timorato. Sigue una conversación que escucha apagada por ahí. Cuando llega a la antesala hay una esperando. Pregunta educadamente, disimulando lo que se tiene que disimular a esas horas de la mañana y en esos lugares del mundo, si está esperando para lo del curso. La otra contesta que si. Fin de la conversación. Ya sabiendo dónde es, se pone a esperar con lo único que se puede hacer en una de esas: mirarse los zapatos, al reloj, por la ventana, volver a empezar, evitar el contacto visual con la desconocida… desconocida que las virtudes fisonomistas de Horrora Butrón pintan como una marujona gorda, teñida de rubio con raíces, chabacana, con gafas (dato que no es que diga mucho respecto a una persona) y carrito de la compra (dato que aun dice menos). Puede que dentro se le esté descongelando la panga, puede que no.

            Por supuesto la pasan antes, que en este país siempre ha estado muy mirado lo del “oiga, que yo he llegado antes que ese señor”. Dentro no la tienen mucho rato. Sale contenta. Hay un entreacto de unos diez minutos en el que se escucha perfectamente hablar al entrevistador, por teléfono dada la falta de interlocutor físico, de ir a cenar no sé dónde. Se abre la puerta al fin. Aurelio Memelo pasa y se sienta sin que la  inviten en una de las sillas frente al escritorio del profesor. Reciclando todo el mobiliario, con ese verde y su resistencia al trote de todo: la mesa del maestro, las sillas del otro lado que son de alumnos, la pizarra, las estanterías, los corchos… la entrevista comienza rellenando un formulario sobre los logros académicos y laborales de nuestra interesada (poca cosa que se pueda escribir). Después le explican que  el papel es el treinta por ciento de la nota sobre la que se baremará quién pasa y quién no. El setenta restante corresponde al coloquio que debe mantener a continuación con el figura. Se ponen a ello y es una pavada. Por lo menos también es breve. En la despedida el amigo le informa que no debe hacerse muchas ilusiones porque no está dentro de las categorías de marginalidad, o de sus bordes, que más puntúan y a las que está dirigido el programa de reinserción que paga el curso. ¡Copón que de burocracia y recovecos! Por lo que parece, piensa Horrora butrón, solamente los pobres tienen boca. Bueno, los pobres oficiales y de las estadísticas guay, porque ella es pobre y parece que no la tiene. Sale cómo y por donde ha entrado. Ha perdido una mañana. Se para en la puerta de la escuela un segundo decidiendo en que pasar el rato hasta lo hora de comer y en si después habrá siesta o no (que la habrá, no se puede luchar contra el instinto). En esto el entrevistador sale a fumarse un cigarrillo. No tiene mechero y le pide fuego a Aurelio Memelo. Este, por desgracia, tampoco tiene.

domingo, 2 de diciembre de 2012

El curso de limpieza (selección) I



            Horrora Butrón, nuestra querida Horrora Butrón,  se levanta un buen día de la cama, tarde por supuesto que el sueño es una terapia de belleza, antivejez y una fantástica costumbre. Se da de bruces con una carta del servicio público de empleo autonómico. ¿No sería más acertado llamarlo de desempleo teniendo en cuenta que trata a desempleados? En fin, cosas de la semántica, sus misterios y sus dogmas. En ella, se le notifica que ha sido preseleccionada para un curso de limpieza profesional subvencionado por la diputación con el que se pretende reinsertarla. Antes de seguir más adelante, se debe aclarar que Aurelio Memelo es oficialmente un parado más. De hecho, es uno de larga duración, de larguísima duración, de salto de mata y patrocinio social a veces. Aurelio Memelo y Horrora Butrón, ya lo hemos explicado en previas aventuras, son dos personas fiscales y artísticas diferentes, la segunda incluso no existe para el derecho civil, mercantil, económico, procesal y hasta canónico. Lo que hace todas las noches con su arte, que está muy mal pagado y peor sindicado (tiene un convenio lamentable e unipersonal que solamente le atañe, como trabajadora, a ella) es ilegal, sin cotización y en B. pero no nos vamos a tirar de los pelos porque la pobrecita haga estas pequeñas fullerías con todos (más que “con”, “a”, porque el mantra dice que el fisco somos todos, de la proporción de cada uno en ese total no se especifica). Ya estamos acostumbrados, ¿O no? A esos pecadillos veniales de la gente. Aurelio Memelo no es, ni por mucho, un capeón en esta materia del desfalco y la trampa y así lo han citado para la preselección de un curso de limpieza. La teoría dice que ese curso con diploma, firmado al final y clases teorico-practicas, hará que adquiera una formación especcifica para acceder sobradamente preparado al mundo laboral de la limpieza profesional de superficies y mobiliarios (pomposo nombre del curso). Un mundo, casi una panacea, lleno de oportunidades, de puestos vacantes, falto de intrusismo y de ñapa y olé. Aurelio Memelo sabe, que además de una línea más en el currículum y los trescientos que le van a dar cada uno del par de meses que dura, no va a sacar una caca.

            Y hablando de currículums, esa hoja con sus datos personales, una foto y poco más; el que se enterase del curso y solicitase formar parte viene relacionado. Durante todo el mes pasado Horrora butrón debió acudir, y lo hizo muy limpia, vestida y arreglada para no perder la antigüedad, semanalmente a una cita con un asesor de búsqueda de trabajo,  un entrenador del lumpen. Allí la educaron en las nociones básicas de cómo encontrar tan preciado tesoro, usar la red para optimizar la búsqueda y posibilidades, la hicieron un currículum con formato europeo (que ahora estaba, impreso y olvidado, por ahí), la enseñaron a superar con éxito una entrevista (¿De la tele? No, de una empresa) y se la orientó en la cantidad de oferta de formación pública, gratuita y becada (de tener una beca, no del pájaro) que por el mundo pasea esperando, cual Rumi de perfil bajo y acera, que al quien se beneficie de ella o se la beneficien. Tanto monta… ese día, el de la formación y como mejorarla hasta lo superlativo y más allá le hablaron del curso y se apunto. Si la llamaban sería una mañana pudiendo matar la mañana y cincuenta mil por mes cuando se lo pagasen. Un pellizquito, muy pequeño, que amarga menos que una leche y es más difícil de encontrar que ésta. Por intentarlo. De lo que no dijo ni mu la funcionaria, porque funcionaria era su monitora, muy moderna, muy como debe ser, muy igualdad y autoestima (soniquete de la moto institucional) y con mucha prisa todas las veces por empezar con el descanso del mediodía; era que el curre, aquí, para otro, que en la Eritrea que nos tocó al nace res más útil tener un cuñado que una carrera, que en el puesto para el que iba a aprender antes contratarían para desgravar a cualquier miembro de cualquier colectivo en el que nunca estás y que te vas a tener que partir la cara siempre con gente más joven, más preparada, más guapa  y más todo por los mismos puestos de mierda. La base de la pirámide alimenticia del trabajo (en la cual, al menos en este país, la cima la ocupan los necrófagos, los gusanos de los cadáveres y las alimañas. No los súper depredadores. Darwin, explícate eso). No se lo dijo, no. A ella no la pagaban para eso. Ya había justificado el sueldo y no cobraba por objetivos cumplidos. Además, Santa rita, rita, rita, a ella no la podía echar nadie. Y no hacia falta que lo dijera. Todo eso, que era la puta verdad, Horrora Butrón ya lo traía sabido de casa.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Tardes de plan II



Podría hacerlo, pensar todo el tiempo en eso, en ti y en mi pegando un recorrido novelado y comentado por la intersección de áreas poligonales de vida que hemos tenido (y estamos teniendo todavía hoy, en esta terraza) en común. Para agarrarme al consuelo de que la idea que de ti tengo es mejor que tú misma. Eso o la peor idea de que esto se va a acabar y no hay posibilidad de éxito, no en nuestro tipo de velocidad vital. Es más fácil, mucho más ¡Donde va a parar! arrancarle las etiquetas al botellín, hacer pelotitas de papel con los pedazos y echarlos al cenicero. Desconecto diciéndome a mi mismo “eso es que no follas”. Te miro. No, no es eso, es un quehacer. Es bastante. Doy un trago.

Ahora te bebes lo que has pedido mezclando el uso de pajita y cucharilla de tallo largo. Muy empalagada y con mucho coco y mucha gula. Te digo cosas, entre viaje y viaje de lo mío. Cosas que no van a ningún lado, conversaciones de ascensor. Pero me pareces hermosa, y es bastante. Me reprimo de contártelo porque no está bien. También lo hago para que el día en que se acabe el habértelo dicho no sea una de las cosas que me duela. Porque sé que te diré que no puedo más, y sé que será definitivo porque me agarraré a una falsa sensación de orgullo hasta el final. Espero tener al menos un punto de liberación, de alivio. La mayoría de veces no pasa ni eso. Lo haces por salvarte, porque no te queda otro remedio, y encima te sientes como una mierda intentando dormitar en la oscuridad de la primera noche con el estómago revuelto, pidiendo a gritos alguien con quien hablar.

Me empiezo a aburrir: de estar aquí, de todo, de verte, de pelear sabiendo que voy a perder por los árbitros ¿Dónde puede quedar un refugio para héroes clásicos? ¿Dónde se puede meter Eneas cuando lo dejan en una gasolinera al principio de las vacaciones de verano? Un sitio románticamente duro, humanizado en lo bueno y en lo malo, donde poder estar solo. Lo tuyo, lo que andas bebiendo, va para rato porque no lo has bajado siquiera un par de centímetros y te vuelves a enredar con el móvil. Ha sonado polifónico (no sé muy bien si el palabro está en uso o no todavía) y, sin importante ni mucho ni poco que esté aquí, has contestado y te pones a hablar. Tampoco es que me importe. Me da un minutito de tregua en el que, por oficio, me miras de vez en cuando y me sonríes pidiendo perdón en mímica. Un perdón que no significa nada tampoco. Hoy nada significa nada. Tu conversación no es importante, aunque cuando acabes me la vistas de torero en la versión para idiotas que me harás entonces. Así pues, me relajo por primera vez. Embosco al camarero cuando pasa cerca y le pito otra. Mientras viene me desparramo en la silla metálica y pego un trescientos sesenta.

No hay nada especial en la calle, no hay nada especial en ningún sitio. El tiempo va pasando. Acabas de hablar con el móvil. Tal y como pensaba me lo cuentas y es una basura. Le arranco las etiquetas a la segunda cerveza lo mismo que a la primera. Tú sigues con lo tuyo y llega un momento en que te rindes y dejas algo menos de la mitad. Pido la cuenta que, también como me suponía, es escandalosa. La pago y cuando vuelven las vueltas no dejo propina (que no soy un saudí). Creo ver en tu perfección un qué de desprecio a mi tacañería, pero no me importa. Nos levantamos y echamos a andar. En un momento te cojo de la mano. Te beso. Me respondes lo suficiente. Aparto la cabeza y mirándote fijo sonrío ladeando el melón en algo que es franco, sincero y (aunque aquí suene como una mierda) puro.