domingo, 13 de abril de 2014

Oportunidades II



            En el portal del hotel donde nos han convocado dos indios, que han pasado antes que yo por el trámite, hablan en lo suyo comentando la jugada. Se las prometen muy felices desde el principio. Antes de entrar y que nos soltaran la charla, mientras esperábamos en una de las butacas de diseño de la cafetería del hotel (cuatro estrellas muy asépticas, minimalistas, funcionales pero informales), coincidí con ellos alrededor de la mesa. Fue un momento de evaluar a la masa que se iba congregando. Los unos nos mirábamos a los otros rebuscando defectos que nos convenciesen que éramos más aptos que los demás para el puesto. Ellos entonces, en un gesto de buenísima crianza, nos preguntaron (había otro chaval en la mesa hasta hacer el póquer de desgraciados mendicantes de curre) por el número de idiomas que conocíamos. Lo de los idiomas era un requisito del empleo, por eso de ser una empresa enorme, cosmopolita, internacional. Los indios (no apaches, de los de los dioses raros y el curri) se interesaban para colgarse el moco de que ellos venían con seis. Lo dijeron en el tono prepotente del que se cree la polla en bote y habla con mindundis. Y yo, con solamente dos (el de la madre patria que me parió y el de la pérfida Albión), quizás fuese verdaderamente un pelanas a la hora de competir por el puesto. Cuando el otro chaval les interrogó cuales, se desmarcaron una retahíla de dialectos chorras y friáis del subcontinente. Lo mejor fue cuando especificaron que uno de ellos era igual que otro solo que escrito con distinta tipografía. ¡Jodo floro! Entonces los japoneses, por definición, traen también un par: el escrito con los dibujitos y el latino. No me descojoné en su cara de milagro, por columpiados, de milagro. Además, bastante tenía con preocuparme por lo mío, esa entrevista que me ha salido tan mierdera. Más adelante, coincidió que en la fila del matadero, el par de Ghandis tan adorables estaban unos puestos por delante de mí. Como todos los demás, llevaban su currículum en la mano, un folio mugriento, trillado, con señales de paliza. En el, impreso en blanco y negro, mayúsculas y subrayado, rezaba que su educación académica terminaba en el instituto. Poniéndome en su lugar de hijos de puta sin alma (sólo un hijo de puta sin alma se lía a tocar los cojones con cositas como lo de su interés por los dones de lenguas de los demás), me alegré de su mediocridad. En el fondo todos estábamos peleando como perros por lo mismo. Ellos o yo, ahí se resumía todo, y ellos no habían tenido ningún cuidado en disimularlo (como hacíamos los demás para no parecer hienas y que la buena imagen nos reportase puntos a favor).

            Los ignoro y aprieto el paso. Quiero llegar a casa pronto y cambiarme. No es plan de mancharme el traje y que me llamen para mañana. A pesar del asco de entrevista, escarbo todos los puntos buenos que aporto (aunque ni siquiera sé si llegarán a evaluarlos) a lo que están pidiendo. Por la perra esperanza, esa puta que nos calienta los cascos para que la hostia de después haga más daño, me vengo arriba. Tanto que cuando estoy saliendo del metro voy pletórico y aguardo su llamada emplazándome para la siguiente fase del proceso selectivo como el que da la cosa por hecha. Con auto-modestia interior (un miedo irracional a que por pensar en ello se me gafe) hago planes de lo que sería conseguir ese trabajo. Ya se me ha olvidado el fiasco de la mudita de los cojones y la imagen bochornosa que he dado. Tiempo tendré para deshincharme a lo largo de la tarde, cuando los minutos superen el plazo marcado hasta más allá de la espera coherente. De momento me paro en un colmado de paquistaníes (hoy el día está temático) a comprarme el desayuno: algunos bollos, una lata de bebida energética, unas galletas con tropezones de chocolate que tienen mejor pinta en el dibujo del envoltorio que en la vida real, una chocolatina rellena de caramelo… Cualquiera que me vea en este instante, pensará que vengo antes de la resaca de una boda (el amanecer del que empalma) que de una entrevista de trabajo. Así pasan las oportunidades, sin quedarse a saludar siquiera, dejando su regusto de resaca triste. Por la tarde, como estaba de suceder, no me llaman y le echo la culpa a la tiparraca, por hablar tan bajito.

domingo, 6 de abril de 2014

Oportunidades I



            Pero, ¿Porqué cojones habla tan bajito? Sube el volumen, chacho puta, que no te oigo una mierda y esto, por eso mismo, esto se está yendo a tomar por el culo por la vía rápida. Me ha tenido que repetir todas las preguntas que me ha hecho, algunas hasta cuatro veces, y solamente me ha dejado responderle monosílabos o frases de cuatro palabras (ahí estamos, sin adjetivación ni complementos circunstanciales de ningún tipo; muy lacónico, para parecer todavía más bobo y perder oportunidades de defenderme, de demostrar). En el fondo tengo la derrotada sensación de que le puedo contestar cualquier cosa porque, total, ya estoy vendido. No la oigo, por eso la pido que me repita las preguntas y lo que en realidad parece es que no tengo ni zorra idea de inglés. Y eso no es así. Quizás no sea el jodido Shakespeare y mi verbo ametralle la gramática más ortodoxa de su graciosa majestad británica como un miliciano borracho a un montón de civiles en cualquier limpieza étnica africana; no discuto que en eso la pifie, pero me manejo lo suficiente para haberle cortado (como cuentan las trágicas epopeyas de mis anales – anales de archivos, no del esfínter- ) un señor traje a un par de glaciares (y estrechas) escandinavas. Las cuales, a pico y pala en lo de Churchill (recordemos, premio Nobel de literatura en el año cincuenta y tres… ¡Tócate los cojones!) me conseguí hacer (modestia aparte). Con lo que no  jodamos la marrana, tía pelleja, habla más alto y no me hagas el puto truco, que me estoy jugando mucho ¡Copón!

            Pues no, en lugar de hablar más alto me da las gracias por haber venido. Evidentemente me lo tiene que repetir, aunque esto se lo pillo antes porque su lenguaje corporal, hasta el momento tan neutro, lo indica amable pero firmemente: puerta, chaval, y que pase el siguiente. Venciendo el hundimiento de un fracaso más (aunque le haya puesto mucha ilusión a este negocio, no es más que otro eslabón de la misma cadena de pifias, casi idéntico a los demás) y la consiguiente ira homicida que me invita a estamparle la carpeta de plástico transparente que sujeto entre las manos en su jeta tan profesional, le deseo buenos días acompañando las palabras con un gesto de cabeza que creo que me da un aire muy mundano (mentira puta). Salgo de la sala y los pasos que me conducen a la puerta me desasosiegan. La entrevista ha durado apenas dos minutos. No he podido demostrar nada y he parecido un inoperante con el inglés, requisito indispensable e idioma de esta pavada. Pero las entrevistas de los demás (los que han pasado antes que yo) han durado más o menos lo mismo. También les he dejado el currículum y (viendo lo que algunos de los otros ha presentado) puedo tener algo de revancha. Todos estos pensamientos solamente son basura. Las normas del evento dictan que a los seleccionados para el siguiente paso del proceso de selección los llamarán esta tarde sobre las seis. Ahora a la puta faena del esperar, no queda otra. En el descansillo de la escaleras me acomodo la corbata ¿Habré hecho bien poniéndome el chaleco del traje? Detrás se queda una cola de gente (eufemísticamente “candidatos”), como para unas dos horas, todavía por pasar el trámite.

domingo, 30 de marzo de 2014

El entierro de la sardina II



            Estuvo allí desde el principio, desde casi la sobremesa. Mucho antes de que se prendieran las fogatas, mucho antes de que estas se hiciesen brasas en las que asar el pescado, mucho antes de todo eso, ya andaba por la plaza rondando como un ser carroñero. A su voracidad no la detenían ni los años, ni que el condumio a repartir fuese lo menos indicado médicamente para una vieja de calditos y purés, ni renquear de un lado a otro, penosamente, apoyada en una muleta de aluminio. Guardaba su sitio como un perro de presa, dispuesta a enfrentarse a todo aquel que la contradijese o le expresase una mínima oposición a su deseo febril y animal de hartarse a sardinas y chocolate. Era gratis y ella tenía derecho a ellas como ciudadana, no desperdiciaría la ocasión aunque las malas lenguas la estuviesen despellejando un mes, o más. Ojala que su conciencia cívica, y su pasión por embutirse como una puerca con lo comunal, se trasladase a iniciativas más puras como la solidaridad o la defensa de sus derechos sociales. En fin, tampoco era la excepción, solo una más de la miríada de jubilados que, cada día, atasca las colas de celebraciones por toda la piel de toro dónde se reparta comida gratis: paella, chocolate, cocidos… Grandísimo país de tragaldabas y panzas, representados por la senectud gastronómica y epigástrica de sus mayores.

            Ella solamente fue la primera, pero ni mucho menos la única. Poco a poco, la zona se fue llenando de cofrades al son de la música y al penetrante olor de las sardinas. Todos con el mismo objetivo, y el mismo perfil, sobaban ansiosos los platos, cubiertos y vasos (algunos casi jarros y fuentes, para así poder coger más). El menaje se lo ponía cada uno,  pero no pasaba nada. Lo importante, el verdadero meollo, no daban dado. Finalmente, y ante la presión popular, se arrimó mechero a las pilas de madera. Todas las viejas (ella la primera) se estremecieron de gusto relamiéndose como gatos.

            Al rato la plaza entera estaba apestada por el tufo del manjar. La manduca estaba lista y eso se notaba en las miradas de pique de semáforo que se lanzaban unos a otros. Todavía quedaba la duda de si se organizaría alguna cola de racionamiento o el modo divertido, la anarquía del “maricón el último” tan popular en el descontrol de los organizadores. Se impuso esta alternativa casi por necesidad. Y es que con los peces todavía en las parrillas, algunos ya los querían arrancar de allí y zampárselos aunque se abrasasen el esófago. La presión popular forzó la estampida, el pistoletazo y, en cuanto se desprendieron las primeras sardinas de las alambres, todos se abalanzaron sobre ellas como famélicos.

            La vieja, por supuesto, hizo valer su privilegio de haber llegado la primera y, mitad a voces, mitad a codazos, arrambló con su ración humeante, medio desmenuzada por las prisas. Empezó a masticar, cabezas y espinas incluidas, antes incluso de salirse de la caótica fila. ¡Qué buenas estaban! Tanto que repitió unas cuantas veces, mezclándolas con vaso tras vaso de chocolate. Era una combinación como para cargar un cañón, la ambrosía de los dioses. Ella, y como ella casi todos, estuvo engullendo y engullendo hasta el dolor.

            Esa noche, en la cama, tuvo una de las indigestiones más felices que se recuerde.