domingo, 2 de febrero de 2014

Perfección II



Cuando se les recriminaba sí tan imprescindible les resultaba la cabezada, y más considerando los horarios de sueño y demás, o el porqué malgastaban un tiempo precioso en, simplemente, dormir sin necesidad, replicaban de todo. Desde que solamente se transponían unos minutos (mentira comprobada día tras día, en los que la siesta no bajaba de los tres cuartos de hora, y eso cuando caía, que no era lo habitual ni mucho menos) de nada, hasta que era una tradición con una increíble epistemología apócrifa detrás avalando sus beneficios  (bueno, en la mayoría del mundo civilizado no lo es y a nadie se le cae ningún miembro por no holgazanear y dormir después de comer, es más, y aunque pueda que sea por otras muchas cosas más allá de la siesta, ), o que les sabía demasiado rico para dejarlo (¡Cojonudo! La más elemental fuerza de voluntad vencida y pisoteada por la desidia, por la claudicación. Era inútil intentar razonar con ellos, con su convencimiento, su obcecación y su cerrazón. No servía explicarles que solo conseguían romperse el ritmo, que, entre lo que dormían y lo que tardaban en volver a estar operativos, se les marchaba media tarde (no, no eran de ese tipo de personas que se levantan completamente alerta) y que con la tontería solo alcanzaban un descontrol de sueño y pereza que los tenía, más tarde, pasando la noche a tirones febriles y sueños agitados. No, no veían nada de eso y no los hubiese convencido de lo contrario el jodido Dios berreándoselo en una aparición con luces, efectos de pirotecnia y demás.

Por eso, cada tarde, desde una silla, contemplaba en panorámica y palco el penoso espectáculo de su desidia. Sobados, molestos si algún ruido los despertaba momentáneamente, eran un esperpéntico y zafio cuadro costumbrista del que intentaba sustraerme haciendo cualquier cosa: leyendo, limpiándome las botas, haciendo zapping. Puede que mis actividades entonces no fuesen un éxito objetivo, pero al menos eran algo, no el símbolo de la decadencia, del esperar de cualquier manera (sobre todo, lo más anestesiado posible) una muerte vacía tras un largo proceso de la nada. Era mi pequeña manera de revelarme, de reivindicar (en oposición a ellos) la minúscula dignidad de la lucha. Pero el caso era ese, si me movía un poco, o algo en la televisión emitía algún ruido descordado, “amanecían” cabreados como monos. Daba igual, los malos éramos siempre los demás.

Todas las tardes, además y apostrofando la visión de deterioro humano, ella (mujer perfecta, como todas, y que como todas era quien debía llevar y llevaba el timón del hogar, pese a la infinidad de carencias y la irracionalidad de poner al cargo al menos apto solo porque si) desarrollaba una letanía singular. Desde que abría los ojos, comenzaba a enunciar intenciones (precedidas por la inevitable coletilla “voy a…”), tirándolas por ráfagas, que se apagaban como destellos nada más salir por su boca. “Voy a fregar, voy al servicio, voy a barrer la cocina, voy a sacar para esta noche cenar…” para morirse todas las intenciones en la gasterópoda ingesta del café. Después se embobaba con la televisión, creyéndose más espiritualmente superior por zamparse el docushow del telediario. Incluso entonces, seguía con su serie de “voy a…” sin objetivo, sin consecución. Creería que así nos engañaba, que pensaríamos que, con todo lo que anunciaba hacer, no paraba un segundo y le debíamos mucho. Pero yo ya no era un niño y no se me engatusaba con esas pamplinas. El conjunto era una lección maravillosa de lo que la perfección, sobre todo la que se da por sentada, debe ser.

El club de lectura I



            La culpa la tiene quien la tiene, que no se puede estar quiete y piensa que los pájaros maman. Toda la puta vida en el pueblo, tratando a sus gentes (o bestias, léase como se quiera), respirando su aire corrompido y ruin, inmiscuyéndose en algunos de sus tejemanejes incluso, y la muy gilipollas aun no se ha empanado de cómo son los engranajes de la máquina o lo que se puede esperar honestamente de la caterva de animales, esos sub-humanos, que conforman el censo de habitantes (empadronados y toda la pesca…). Ahora qué…, hay algo que delata la fragilidad psicosomática y la iluminación mística de la responsable: era una concejala del ayuntamiento, la de cultura (¡Nada menos!). No hace falta explicar mucho más…

            Pero soslayemos lo procedente (o improcedente) de que una aldea de mierda con doscientas almas (muchas de ellas negras como la pez) necesiten de los servicios y gestión de un político vocacional para administrar su “inmenso patrimonio cultural”, o si es viable alguien en un cargo tan pomposo y rimbombante para gestionar los tres días de fiesta mayor (misa, procesión, charanga y verbena. Sin vaquilla, porque eso ya sería un abuso del gasto), una “semana cultural” más enfocada a la satisfacción gastronomita de los emigrados de veraneo que a lo espiritual, y cuatro o cinco patochadas más al año de esas con miles de fotos para las memorias de actividades y justificantes de subvención. No, ese no es el debate aquí, aunque tenga que ver. Ese es otro cantar más entroncado en la carcoma de gilipollez que nos rodea.

Ahora mejor, para poner en antecedentes, describamos brevemente a tan excelsa personalidad de la administración local, la responsable de la idea (de esa y de otras muchas de parecido calibre); y las formas de contratación del precario personal (el empleo en lo público no tiene término medio: o más privilegios que un conde medieval (los que seáis funcionarios, y asimilados, sabéis  a lo que me refiero), o condiciones de factoría textil en Bangladesh). Son referencias útiles para la historia y así le embuto al cuento su ración de paja y mondongo imprescindibles.

domingo, 26 de enero de 2014

Nec spe, nec metu II



Todo esto me impide aspirar muy alto de momento. Sería un perfecto patán si tuviese la certeza de que fuera me regalarán lo que no tengo en casa y me nombrarán ministro por mi cara bonita. Uy, cómo me he ido por las ramas. Es más sencillo. Yo, con los hándicaps de distancia y la imposibilidad de afrontar económicamente un viaje así para una incierta entrevista (como el apostar en un evento deportivo), había solicitado un puesto como limpiador en una pizzería en Inglaterra. ¿Y porqué en Inglaterra? Porque aquí, para lo mismo, nadie me quiere. Ya lo intenté. Un método quizás bastante iluso, pero ya no quedan casi clavos a los que agarrarse.

            Era un puesto fetén, a tiempo completo y seis libras y poco por hora. Con las cuentas sumadas y un alquiler baratito para mi solo, toda una ilusión, algo que levanta el ánimo y espanta los fantasmas. Pues bien, me enviaron un mail cosa de un miércoles para que el siguiente lunes anduviese pendiente del teléfono porque, internacionalmente a través de este medio, me harían la prueba. Primer miedo. A la entrevista y al fracaso de ésta, a cómo afrontarla, a cómo manejar los infinitos inconvenientes que uno mismo (después de un rosario de “ya te llamaremos” a las espaldas) se pone como palos en los radios de una rueda. También un alivio, un tener la oportunidad, una puerta cuyo picaporte a lo mejor cede, el pasaporte a ser una persona en lugar de un inútil. Esos días fueron un suplicio, una montaña rusa con el miedo presente en todo: a que mi inglés no fuese suficiente, a qué contarles, a cómo manejar una mudanza allá sin un céntimo. Era un miedo que se imponía sobre el espejismo. Aterrado de todo y todos, solamente veía y veía espectros, oscuridad, hombres del saco y cocos por todos los rincones. ¿Acaso nace el uno de la otra? ¿Sin ilusión, sin esperanza, no hay miedo? “Nec spe, nec metu” latino. Jo que listos eran los jodidos romanos. En algo que trae por saco no aparece canguelo.

            Sea como sea el lunes pactado llegó inevitablemente. Como os podéis imaginar mi mañana (la llamada era a las cuatro y media de la tarde) fue toledana y mi almuerzo espartano y frugal de nervios y de esófago cerrado. Cuando terminé de jalar y me conecté a Internet la entrevista de mis temores y deseos se había desarrollado sola, sin mí siquiera.

            Tenía un correo de la pizzería a las dos y diecisiete en el que posponían nuestra cita y que ya se concertaría una nueva, que estuviera al loro. A las dos y veintiuno, exactamente cuatro minutos después, otro mail de los mismos en el que, como no les había atendido, daban por sentado que no estaba interesado en limpiarles el garito y que se pasaban mi candidatura al puesto por el fandango. Evidentemente no me lo escribieron así, que los british son polite cuando tienen que serlo. Pero uno u otro modo no cambian una mierda el significado. A todo esto en el móvil ni un movimiento. En cinco minutos y sin contar conmigo habían decidido mi futuro, una parte de él. Entretanto yo, como canta la canción, delante de la pantalla del ordenador “como un gilipollas, madre; como un gilipo-o-o-llas (trompetilla de chirigota)”.

            Con ese cromo, al que aun no le he cogido la gracias, tengo un nuevo acojone. En realidad es el mismo de antes pero más fuerte, más hundido. Más ahogado. El de no valer para nada y el de no tener porvenir. Por eso me repatean los pazguatos a los que les da miedito que el planeta se achicharre de calentamiento o nos invadan los vándalos. Me digo: “Ay cabrón… No tendrás suficiente con lo tuyo…”.