domingo, 12 de octubre de 2014

¡Y que vivan los novios, carajo! II



            Del Seat desembarcaron novio y madrina. Ella venía, orgullosísima, encorsetada como una morcilla en trapajos color crema y haciendo aspavientos con la cabeza por que el floripondio con gasas (¡De nada!) de la cabeza le despertaba el instinto animal de espantarse moscas. Los amigos cacarearon admiraciones y parabienes. Hasta la originalidad de la tartana costrosa como coche nupcial fue celebrada a bombo y platillo. El novio, muy pendiente de todo, como debe ser, preguntó por el personal. Mientras los amigos telefoneaban aquí y allá congregando al rebaño descarriado, emplazándolo a su sitio y cortejo, el pobre chivo sacramental continuó con las obligaciones. En este caso, departir con los tunos. Las cosas claras, ante todo, y el chocolate espeso (joder, que frase más de solterona).

            Con exquisito gusto, el pardillo había elegido (o le habían elegido. En estas cosas, y aunque principal afectado, el novio tiene poca mano) un frac clásico: faldones largos, pantalón gris… Viéndolo aproximarse a los tunos irradiaba una idea de hambre, de miseria, de relumbrón postizo que encubre la más abyecta de las miserias. Por compararlo con algo, te lo imaginabas perfectamente como el violinista famélico de un café cantante en posguerra. Bajito, flaco, cetrino, tirillas, con una barba moderna que no hace tanto tiempo hubiese pasado por sucia y perezosa, y a zancadas  bajo la levita, no cabía otra comparación. Sumado al trío de tunos, la melancolía apolillada campaba en su conversación, entre palmadas en el hombro (se conocería con los tunos…) y otro pitillo.

            La endomingada gente apareció por fin y el novio acudió a atenderlos. Los tunos rasgaron sus bandurrias y a tan alegre tonada militar el contingente formó listo para revista, estado de policía y lo que terciase. Al novio se le colgó la madrina del brazo haciendo cocos de mal torero por la emoción y todas las lagrimitas furtivas del universo amenazando con mandar a tomar por el culo la sesión de maquillaje. En la comitiva un gilipollas, por destacarse, se lió a tirar petardos. Uno no elige a su familia… Allá marcharon, a uno de los acontecimientos (teóricamente) más importantes de la vida del novio. Aunque por su aspecto, más parecía que iba a desempeñar algo del monte de piedad tras un duro día en su trabajo como cochero funerario.

domingo, 5 de octubre de 2014

¡Y que vivan los novios, carajo! I



            El trío de tunos fumando apoyados en la barandilla del puente daba pie al tono de toda la escena. Con los trajecillos desabrochados de cualquier manera, las bandurrias en el suelo y esa edad indefinida de todos los tunos de España que transmite de todo menos sensación de juventud, echaban el alma a los pies del más pintado. Tenían el fatalismo bilioso marcado en la cara, como una terna de toreros fracasados matando el rato antes del paseillo en las entrañas de una plaza móvil en cualquier pueblo de cualquiera de las submesetas, planeando el capotazo, capotazo, pescuecera y a otra cosa mariposa de más tarde. Los tres tunos, solamente tres, estaban igual. Podrían haber sido el perdedor grupo salvaje de un western crepuscular creando clima para el duelo final, ese en el que morirían los tres de una manera aceptablemente épica (cosas así son las que hacen grande a un género). Pero no, solamente eran tres cochinos tunos (sin el amparo miserable del número y la cantidad siquiera) que debían acompañar a un novio y su cortejo hasta la iglesia cantando “clavelitos” ¡Con dos cojones! En la entrada del pueblo, donde el trío calavera bostezaba y fumaba, no había nadie más. Los invitados del novio habían llegado antes en el autobús y se habían desperdigado por las calles sin tener ni puta idea de dónde congregarse. Solamente una media docena de amigos  marcaba la distancia con los tunos comentándose los unos a los otros lo estupendos que estaban, de traje y corbata ellos y de vestido y taconazo ellas. Pero era otra mentira. A ellos no les borraba el pelo de la dehesa ni la americana, ni las blancas camisas ya sudadas, ni las satinadas corbatas multicolores a la altura de los huevos. Ellas, con delirios fantásticos en colores, brillos y gasas, no les mejoraba la estampa. Una, con una pamela roja recta, muy de los noventa, y otra con las manos metidas en los bolsillos de una falda de vuelo que le resaltaba el culo gordo, eran muestra evidente. Eso que estaban paradas, los andares de ñandú al borde del esguince grado tres en los tobillos que exhibían en movimiento (los tacones son el corsé de este siglo. Bendita tortura estética) hubieran rematado la zona temática kitch (los tunos ya ponían la polilla). Las parejas de amigos parloteaban admirandose las virtudes y atesorando los defectos para después criticarse a gusto en la intimidad. En esto las campanadas llamando a la iglesia dieron el primer toque y, un minuto después, el novio irrumpió en escena. Venía en un Seat 127 rojo que él, y sus amigos subrayaron, creían todo un clásico de la automoción. Se anunció atronando una bocina a la que le fallaba el fuelle. Los tunos se incorporaron, apuraron el último tiro a la colilla y plantaron el instrumental en tercien. Lo mejor de todo es que cobraban por la faena (faltaría más, aquí ni dios brega gratis) que se disponían a perpetrar de acompañamiento e interpretación.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Digamelón II



Sin saber muy bien el qué y el por qué, a la familia entera se le cerró el ano. ¿Quién coño podría ser, a esas horas, y para qué? Durante un segundo se miraron unos a otros escurriendo el bulto y echándole el marrón de descolgar al de al lado. La maquina insistía, con esa sensación subjetiva apremiante según pasan los tonos. Es la urgencia por si el del otro lado de la línea se cansa y cuelga. Algo que se traduce en bajar escaleras a tropezones, correr pasillos como posesos y soltar el estereotípico “dígame” con un nudo en la garganta y respiración  de meta de maratón. Lo de la familia fue un momento solamente, uno de mirares de película del oeste. En vez de matojos rodantes, estos tenían el teléfono metiendo jaleo de fondo.

Uno de ellos fue el perdedor de la partida. Limpiándose de mala hostia el hocico con una servilleta llena de lámparas, y farfullando con la boca llena un “ya voy yo, cojones…” se levantó y tiró para el recibidor iluminado en azul aparato eléctrico por el display del teléfono. En el breve trayecto, los demás (libres de compromiso) se recrearon en la victoria apremiando al pringado. Interiormente seguían jiñados por lo que trajera la llamada.

No se equivocaban. El que descolgó atendió la llamada muy circunspecto, mala señal. Al terminar y poner al día se acabó el misterio de petete: unas desagradables cuestiones con el clan familiar (ese círculo más allá del entorno inmediato que solo sirve para tragar en las comuniones y molestar por teléfono) que no vienen al caso.

Esa noche tuvieron un pollo, a cuenta del contenido de la llamada, de padre y muy señor mío o tres pares de cojones (escoge la que se te ponga en la punta). Con lo sencillo que hubiera sido, pasar del puto aparato y que dios proveyera con la mierda, que para hacértela llegar ya le sobran medios y mañas (no hace falta dar facilidades a lo inevitable), como hubiese querido. Y al que se aburre llamando a casas ajenas y metiendo los perros en danza, a ese que le den por el culo.